Desde su invención, a finales del siglo XIX, la bicicleta siempre ha cumplido, entre otros, un rol relevante en el mejoramiento de la movilidad urbana. En las últimas décadas, se ha convertido en una de las mejores alternativas para combatir los altos índices de contaminación a nivel global.

Aunque desde las décadas de 1920, en Alemania se tienen registros del diseño y construcción de las primeras ciclovías, no fue sino hasta los años setenta en los que esta novedad urbanística empezó a tomar auge en Europa, Estados Unidos y en Colombia, país promotor de la “ciclovía recreativa”, cuando el 15 de diciembre de 1974, una organización sin ánimo de lucro denominada “Pro-Cicla” y el por entonces Departamento Administrativo de Tránsito y Transporte, habilitaron la carrera 7ª y la carrera 13ª, para que entre las 9 de la mañana y las 12 del mediodía, transitaran exclusivamente personas en bicicleta.
El crecimiento del uso de la bicicleta es una realidad global, como lo demuestra un estudio desarrollado por Ipsos, en el que se destaca que un 35 % de la población mundial declara movilizarse en este medio de transporte al menos una vez por semana, lo que proyecta que en la actualidad hay en funcionamiento más de dos mil millones de bicicletas.
La pregunta que surge es ¿realmente funcionan las ciclovías en la reducción del tráfico?
Para responder esta pregunta, vale la pena dar una mirada al pasado reciente y observar como la pandemia del Covid 19 fomentó – principalmente por razones sanitarias pero con consecuencias directas en la movilidad urbana – el diseño y construcción de ciclovías alrededor del mundo.
Según datos de la ONU, grandes urbes como Montreal, se dieron a la tarea de aumentar hasta en 112 kilómetros los corredores exclusivos para transporte no motorizado en el año 2021

Capitales como Bruselas, París y Milan, en Europa, remodelaron completamente sus mallas viales en las zonas más densamente pobladas como el centro de la ciudad, para asignarle a sus habitantes bicicarriles exclusivos, priorizando el transporte no motorizado sobre el uso de vehículos.
La ONU destaca también el caso de Bogotá, que aumentó en 84 kilómetros la red de ciclorutas, para que en la actualidad y según datos de la Secretaría de Movilidad, sus habitantes cuenten en total con 608 kilómetros de ciclorutas permanentes.
El crecimiento exponencial en el uso de las ciclovía sí ha generado un impacto positivo en el mejoramiento de la movilidad a nivel mundial. Según Chat GPT, en Copenague, la capital de Dinamarca, hoy por hoy el 49 % de los desplazamientos diarios se hacen en bicicleta, reduciendo el tráfico vehicular y mejorando la fluidez en las calles.
La IA vuelve a poner como ejemplo a Bogotá, ciudad en la que se estima que el 7 % de los viajes diarios se hacen a través de la red de ciclorutas existentes, reduciendo la carga en el transporte público y las vías principales.
De acuerdo con un estudio publicado por la Universidad de California, la implementación de una infraestructura vial exclusiva para medios de transporte no motorizados, puede potencialmente reducir hasta en un 50 % la congestión vehicular en las grandes ciudades.

Este estudio es respaldado por datos de la Organización Mundial de la Salud, que dan cuenta de un crecimiento del 50 % en el uso de la bicicleta en las principales ciudades europeas durante los últimos cinco años, fomentado por un nuevo fenómeno denominado “Movilidad activa”, definido como cualquier forma de transporte que implique actividad física.
Este concepto, que ha calado en gran parte de la población por los beneficios implícitos que trae para su salud, también viene impactando directamente en la reducción del número de autos en las vías, aportando al mejoramiento del tráfico.
En conclusión, las ciclovías por sí solas no son la solución, pero sí una gran alternativa para mejorar la movilidad urbana, basadas desincentivar el uso del carro, además de generar beneficios ambientales, económicos y de salud.